EL SÍNDROME DEL REGRESO
EL SÍNDROME DEL REGRESO
"La rana una vez que sale fuera del pozo nunca más podrá retornar a ser la misma". REZA ASÍ ...EL DICHO
Cuando uno viaja a Japón por diversas circunstancias, como lograr mejorar el status de vida, y se queda a vivir por varios años, uno se va adaptando a una sociedad desconocida en usos y costumbre. Uno, dos, tres, cuatro cinco o seis años van transcurriendo; y al querer uno retornar a su País, de pronto se encuentra con ese cambio, que para algunos puede ser chocante y para otros como pasajero.
Pero cuando in situ constatamos que la realidad del País, no es la misma o mejor dicho, no es como uno la tenía en mente o esperaba fuera, porque la gente y los alrededores del barrio cambiaron, nos damos cuenta que uno mismo ha cambiado, sin que nos demos cuenta; porque ya no tenemos la misma mentalidad de antes, y todo esto como que nos causa pavor o desilusión y nos enfrentamos con las dificultades de una nueva readaptación; como que nos invade una especie de síndrome de persecución, como si hubiéramos cometido algo malo, causando en nosotros una especie de amargura, tristeza y pena por lo perdido, no sólo de lo que uno esperaba reencontrar en el país, sino también de lo que uno ha dejado en el Japón, lo cual puede dar lugar a síntomas físicos y afectivos, como la depresión, desgano, angustia, irritabilidad, aislamiento. Todos éstos son pasos en el proceso de querer nuevamente adaptarnos a un status que vivimos y que dejamos al partir y que nos choca al aceptar la nueva realidad. El nivel de vida experimentado en Japón, de repente nos vuelve rehacios a otro de tercer mundo. Las costumbres consetudinarias de alimentación, distracción, de turismo, de limpieza, de no smog, de pulcritud, de servicios, se extrañan indudable e inversamente por esa lógica de cambio de cultura, idioma y costumbres disimiles y diferentes, para luego adaptarnos de uno a otro ambiente totalmente distintos. Todo esto va dejando huella en el camino. Pero los recuerdos familiares, de las amistades del barrio, de la casa dejada, de las reuniones compartidas, del como estarán, todo esto nos hacen volver para dejar huellas en el camino.
Todas estas experiencias nos dejan marcas profundas en nosotros y a veces, tan hondas que pueden dejarnos atados al pasado, sintiéndonos impotentes y pasivos y como que nos invade nuevamente esa idea de volver a irnos, porque ya no nos gusta nuestro lugar. Si el tiempo transcurre y nos va moldeando nuevamente y si logramos despertar a nuestra nueva situación y capacidad, podemos liberarnos de las cadenas del pasado, creo que vale la pena intentar en eso de tratar abrir caminos nuevos.
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